viernes, 1 de mayo de 2009

TRABAJADOR 365 DÍAS AL AÑO: Ya metidos en el Nuevo Milenio, sigue habiendo en la mente humana una barrera que separa en empresa al patrón del empleado

Es curioso que estando disfrutando de este día festivo durante décadas, muchos ni siquiera sepa sus orígenes. Ni tampoco sabrán que el Día del Trabajo (Labour Day o May Day) se celebra el 1º de mayo en casi todo el mundo menos en Canadá y los Estados Unidos de América.


Mientras que la fiesta de mayo tiene sus orígenes en la Gran Bretaña de la Revolución Industrial a finales del Siglo XVIII, los norteamericanos asignan el primer lunes de setiembre para conmemorar la concesión de un día para el ciudadano trabajador después de los motines de 1894, un siglo después que en Europa.

Fue un movimiento obrero denominado “Eight-hour Day” (Día de 8 Horas) el que promovió el día conmemorativo al otro lado del Canal de La Mancha, después de conseguir un mejor trato de los patronos industriales para sus trabajadores, que en aquél entonces incluían a menores trabajando día y noche en sus instalaciones.



Hace poco, el actual gobierno británico laborista promovió precisamente todo lo contrario en el seno de la Unión Europea – la semana laboral de 65 horas. Aunque de momento parece haber sido derrotada la propuesta ante las desavenencias entre Comisión y Parlamento, el fantasma de un retroceso a un horario indigno para cualquier sujeto productivo planea sobre todo el territorio de la Unión.

Si ya en el Siglo XVIII fueron capaces de comprender que el ser humano necesitaba 8 horas para trabajar, 8 horas para el ocio y 8 horas para dormir, ¿cómo es posible que haya descerebrados que hoy proponen romper con una convención social en ejercicio desde mediados del Siglo XIX?

Los sindicatos tienen el deber de velar por la salud del trabajador tanto como por la conservación de sus puestos de trabajo. Y no sólo es trabajador aquél que ocupa un puesto obrero, también lo es el que se emplea en funciones menos físicas, y hasta lo es el propio patrón, ya sea en su calidad de propietario empresario o directivo contratado.





La unidad productiva competitiva de una empresa no puede distinguir, menos discriminar, entre personas por el hecho de su posicionamiento en la estructura organizacional de la misma. Para eso se le asignada a cada sujeto productivo sus funciones y responsabilidades, y se le compensa con el emolumento que se pacte dentro de la ley.

No rinde más aquél que más horas esté trabajando sino aquél que aprovechando la jornada de 8 horas consiga cumplir desde su puesto las tareas óptimamente para alcanzar un objetivo común de empresa.

Y la meta de una empresa no puede ser tan estrecha de miras como para únicamente ver el beneficio a corto plazo en el día a día sino el rendimiento sostenido cada día, mejorado con un beneficio acumulado por una trayectoria ascendente de unos trabajadores implicados y motivados.




El que no sepa dirigir y gestionar los recursos en sus manos, con los recursos humanos como su principal activo empresarial, ni es el dirigente apropiado ni será el gestor eficiente del conjunto de activos a su disposición. Si no se es capaz de vislumbrar el empleo óptimo de los activos en tiempos de bonanza, difícil será que ese directivo o mando sea el adecuado para dirigir la empresa en tiempos de crisis.

Ese es el dilema a cual se enfrenta la empresa española. Y ese es el reto que debe ser capaz de aceptar – admitir sus propias debilidades en la cúpula que están restando motivación en la estructura y mermando el aprovechamiento de las fortalezas de cada empresa acumulado en su capital humano.

Y los sindicatos, ¿están a la altura de esta situación? No basta con tener la mesura para mantener la paz social ni que saquen ocasionalmente unas pancartas cuando hay un ERE en una empresa multinacional con miles de trabajadores en riesgo de despido. También tienen que aportar su creatividad como conocedores que son de los entornos laborales. Tienen que liderar movimientos como el de “Eight-hour Day” que nos sacó de las miserias de la época industrial de 16 horas de trabajo diario.



Ni el empresario debe olvidar que él también es trabajador ni el trabajador debe olvidar que su rendimiento es lo que forja empresa ni los sindicatos deben olvidar que nacieron con la vocación de proponer todo aquello que alentara al trabajador a rendir mejor y a percibir lo justo.


Fernando Fuster-Fabra Fdz., (En mayo, 64 Años)
Permanente Trabajador, Estudioso e Innovador